Mary Shelley


Biografía

Mary Shelley,foto Mary Wollstonecraft Shelley, escritora britanica, nació y murió en Londres (1797-1851). Fue hija del célebre filósofo William Godwin y de la feminista Maria Wollstonecraft, autora de un libro clásico llamado "Una justificación de los Derechos de las Mujeres" (1792). El padre de Mary Shelley publicó un tratado político llamado "Investigación referente a la Justicia Política" (1793).

En 1814 Mary Shelley conoció al poeta Percy Bysshe Shelley, y dos meses más tarde abandonó Inglaterra con él. Cuando la primera esposa de Percy Shelley murió, la pareja contrajo matrimonio. La noche del 16 de Junio de 1816, en una villa en los aldrededores de Ginebra (Suiza), tras pasar la velada leyendo novelas de terror, Lord Byron sugirió a los esposos Shelley y a su secretario Polidori que cada uno escribiese una historia terrorífica.

La propia Mary Shelley en la introducción a la obra que se incorporó a la novela explica cómo fueron aquellos momentos:

"En el verano de 1816, visitamos Suiza y fuimos vecinos de Lord Byron, que estaba escribiendo el tercer canto de Childe Harold, y era el único de nosotros que había plasmado sus pensamientos sobre el papel. Al principio pasábamos las plácidas horas en el lago, o vagando por sus orillas, pero aquel fue un estío borrascoso, desapacible, y a menudo nos tenía encerrados en casa durante días enteros.

Cayeron en nuestras manos unos volúmenes de relatos de fantasmas, traducidos del alemán al frances. Leímos la "Historia del amante inconstante", quien, cuando creía abrazar a la novia a quien había jurado amor eterno, se encontró en los brazos del lívido espectro de aquella a la que había abandonado. También estaba el cuento del pecaminoso fundador de una estirpe, cuyo triste sino era estampar el beso de la muerte en todos los hijos de su casa maldita, cuando alcanzaban la edad de merecer. Su figura gigantesca e incorpórea, enfundada, como el fantasma de Hamlet, en una armadura completa, pero con la visera del yelmo levantada, aparecía a la medianoche, bajo los irregulares haces de la luna, avanzando lentamente por la lóbrega avenida. Su silueta se difuminaba en las sombras de los muros del castillo; pero pronto chirriaba una reja, se oían unos pasos, se abría la puerta de un aposento, y el espectro avanzaba hacia el lecho de los lozanos púberes, acunados en un sueño salutífero. Un pesar infinito ensombrecía su rostro al inclinarse y besar la frente de los muchachos, que desde aquel instante se marchitaban cual flores arrancadas del tallo.

Nunca más he vuelto a ver aquellas historias; pero sus incidencias perviven en mi memoria tan frescas como si las hubiera leído ayer.

-Escribamos todos un cuento de fantasmas- dijo Lod Byron; y su proposición fue aceptada. Eramos cuatro. El noble autor inició un relato, del que imprimió un fragmento en el epílogo de su poema Mazeppa. Shelley, más apto para materializar ideas y sentimientos en el resplandor de brillantes imágenes, y en la música del verso más melodioso que adorna nuestro lenguaje, que para inventar los mecanismos de una historia, inició una basada en las experiencias de su primera juventud.

El pobre Polidori concibió una idea terrible sobre una mujer con una cabeza convertida en calavera que recibió tal castigo por espiar a través del ojo de una cerradura -he olvidado qué quería ver-, algo muy chocante y censurable, naturalmente; pero cuando quedó reducida a una condición peor que la del famoso Tom de Coventry, no supo qué hacer con ella, y se vio obligado a enviarla al sepulcro de los Capuleto, único lugar donde no desencajaba.

Los ilustres poetas, aburridos por la trivialidad de la prosa, renunciaron prontamente a su desagradable tarea.

Yo me afané en idear una historia que rivalizase con las que nos habían movido a acometer aquella labor. Pensé y medité, pero fue en vano. Cada mañana me preguntaban ¿se te ha ocurrido algun cuento?, y cada mañana tenía que contestar con una mortificante negativa.

Pero en la vida todo es comenzar, por parafrasear a Sancho; y ese comienzo debe estar vinculado a algo que lo precedió. En el transcurso de las múltiples y largas conversaciones entre Lord Byron y Shelley, en las que yo era una oyente devota, se discutieron diversas doctrinas filosóficas, entre otras el fundamento de la vida y si existía o no la posibilidad de descubrirlo y comunicarlo. Se habló de los experimentos del doctor Erasmus Darwin. Quizá lograría reanimarse un cadaver, pues el galvanismo había ofrecido indicios de tales fenómenos; tal vez las partes integrantes de una criatura podían fabricarse, ensamblarse y dotarse del calor vital.

La noche languideció en torno a aquel debate, e incluso ya había pasado la hora de las brujas antes de que nos retirásemos a descansar. Cuando posé la cabeza en la almohada, no dormí, ni pensé. De un modo espontáneo, mi imaginación me poseyó y me guió, infundiendo a las sucesivas imágenes que se formaron en mi mente una vivacidad que traspasaba largamente las fronteras usuales de la meditación.

Vi -con los ojos cerrados pero con una aguda visión mental- al pálido estudiante de artes profanas arrodillado junto al cuerpo que había armado. Vi el horripilante fantasma de un hombre que yacía estirado, y luego, por la acción de una potente máquina, daba señales de vida y rebullía con un movimiento precario, apenas vital. Tenía que ser pavoroso; pues supremamente terrible sería el efecto de cualquier empeño humano en burlar el formidable mecanismo del Creador del mundo.

Su éxito aterraría al artista; huiría de su odiosa obra presa del horror. Confiaría en que, al dejarla sus propios recursos, la tenue chispa de la vida que le había transmitido se extinguiría; que aquel ser que tan imperfecta animación había recibido, devendría materia muerta; y que podría dormir con la seguridad de que el silencio de la tumba anularía por siempre jamás la efímera existencia del abyecto cadaver que él había contemplado como una vida en ciernes.

Duerme; de pronto, algo le despierta; abre los ojos; he aquí que el ente horrendo se yergue en su cabecera, descorre las cortinas y le mira con unos ojos amarillentos, acuosos, pero especuladores.

Abrí los mios aterrorizada. La idea había invadido mi mente de tal modo que un escalofrío de pánico recorrió mi ser, y deseé cambiar la siniestra imagen de mi imaginación por las realidades que me rodeaban. Debía esforzarme en pensar en otra cosa. Rápida como la luz e igual de estimulante fue la idea que me asaltó ¡Lo he encontrado! Lo que a mi me aterroriza también espantará a los otros. Por la mañana anuncié que había pensado una historia. Empecé aquel mismo díaa con las palabras "Fue en una lúgubre noche de noviembre", limitándome a transcribir los macabros terrores de mi ensoñación... "

Asi nació "Frankenstein o el moderno Prometeo" una de las piezas claves de la literatura fantástica, y aun hoy perdura su brillo, poesía y terror, que se convirtió de inmediato en un éxito de crítica y público.

Sin embargo, Mary Shelley no logró tal popularidad con ninguna de sus obras posteriores.

"Did I request thee, Maker, from my clay to mould me man? Did I solicit thee From darkness to promote me?" Paradise Lost.

Obras literarias de Mary Shelley:

-Frankenstein o el moderno Prometeo - 1818 Frankenstein en PDF
-Valperga, or The life and aventures of Castruccio, Prince os Lucca - 1823: inquisición y superstición en la Italia medieval.
-El último Hombre (The Last Man) - 1826: narra la futura destrucción de la raza humana por una terrible plaga.
-The fortune of Perkin Warbeck - 1830: subida y caida de Perking Warbeck, Duque de York, hijo de Edward IV.
-Lodore - 1835: autobiografía novelada.
-Falkner - 1837: relación entre un joven huérfano y su protector.
-Mathilda: escrita en el verano de 1819, pero no publicadas hasta 1959.
-Collected Tales and Stories: publicadas en 1976 por primera vez, relatos cortos de Mary Shelley.


Creado el 24 noviembre, 2010.